«El proceso» comienza con una de las pesadillas más famosas de la literatura moderna: Josef K. es arrestado sin saber de qué se le acusa. El juicio que sigue no es una búsqueda de la verdad, sino una expansión incesante de procedimientos, habitaciones, documentos y humillaciones. El horror real de la novela reside en que hace sentir al individuo la necesidad de defenderse, aun sin saber nunca ante quién ni por qué.
Kafka, formado en derecho y empleado en una institución de seguros, estaba familiarizado con el lenguaje administrativo y burocrático moderno; al mismo tiempo, su vida privada estaba llena de presiones familiares, dolencias físicas y ansiedad en sus relaciones íntimas. «El proceso» transforma estas experiencias en una condición universal: el ser humano moderno es convocado, clasificado y obligado a obedecer, pero no puede acceder a las razones del poder.
Puede leerse junto a «El extranjero» de Camus, los laberintos de identidad de Paul Auster o las historias contemporáneas sobre auditorías de algoritmos y sistemas inapelables. Este libro hace que lo «absurdo» deje de ser abstracto para convertirse en una notificación que nunca se termina de comprender.
Lo más inquietante de «El proceso» es que Josef K. no es encerrado en una prisión tradicional. Sigue pudiendo ir a trabajar, hacer visitas, hablar y moverse, pero su vida ha sido intervenida por un caso invisible. Este estado de semilibertad se asemeja más a la condición moderna que el encarcelamiento directo: puedes actuar, pero cada paso está bajo la sombra del procedimiento; puedes hablar, pero nadie garantiza que el lenguaje sea recibido correctamente; puedes buscar ayuda, pero quienes ayudan pertenecen al mismo laberinto.
En un contexto curatorial, «El proceso» representa la «culpa sin cargo». A diferencia de la culpa religiosa de Dostoievski, la culpa de Kafka es como un valor predeterminado del sistema: el hombre despierta y ya está registrado, notificado y bajo escrutinio. Por eso resuena hoy con el control de riesgos por algoritmos, las puntuaciones de crédito, los bloqueos en plataformas, las quejas burocráticas y las evaluaciones de desempeño laboral. La novela no nos dice qué hizo mal Josef K., porque el punto no es el crimen, sino cómo un individuo, al verse obligado a aceptar la forma de un juicio, acaba interiorizándolo. Lo absurdo aquí no es un chiste, sino una realidad administrativa.
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